Fuera de la caja en donde esto acontece se encuentra el coro. Su sola presencia, incluso antes de cualquier palabra, anuncia la inexorable tragedia. Pero el coro se va desmembrando y, asumiendo distintos roles, “entra” en esa caja que es celda y departamento: estamos en los tempranos años ’70, y no hay modo de no estar involucrado, no hay afuera.
Cae una gota. Del techo cae agua. Su ritmo y su intensidad y su volumen crecen más y más. Este diluvio no se explica sino como castigo, pero desde dentro parece no ser advertido: fieles servidores o traidores, a todos los envuelve la misma tormenta, y chorrean y chapotean sin siquiera notarlo. Están muy ocupados en sus debates internos y mutuos pases de facturas. La rebeldía debe ser ahogada, pero todos, que no solo Pontani, están hasta el cuello. Cada movimiento es un peldaño más en el descenso de una feroz interna partidaria.
A quien tenga presente el Prometeo encadenado de Esquilo no le será difícil encontrar a este titán en Pontani, así como podrá ver la montaña del Cáucaso en ese departamento. Sin embargo, el texto creado por Juanjo Santillán en nada exige estas referencias, pues su relato se sostiene en su propia potencia y solidez. El trabajo del elenco –gente de El Muererío Teatro, incluido su director, Diego Starosta– agrega extrañeza y distanciamiento: esos seres son tan inmensos como lejanos, y distan de nosotros, público modelo 2008, no por la violencia latente, sino por la actual ausencia de fervor, de sangre en las venas, de poner el cuerpo en lo que se piensa. Todo en esta puesta provoca inquietudes y sensaciones, raras siempre, queribles muchas, tristes otras. Como invitándome a reaccionar, pienso al salir: “Es la política, estúpido. Y es el teatro”.
Dicen los que saben que Prometeo encadenado era la primera de tres obras, habiéndose perdido las dos siguientes, Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego. ¿Qué habría sido, entonces, de Pontani? ¿Sería hoy un destacado ecologista, un oculto y exitoso empresario, un militante social de los barrios marginales, uno de los treinta mil desaparecidos? Como fuere, en un punto en el que su camino se bifurcaba, hubiese debido decidirse entre la amargura y el cinismo.
Mientras tanto, en otra montaña, Sísifo sube su roca hasta la cima de donde cae y vuelta a empezar por siempre y para siempre. Pero Sísifo se mira en la reflexión de Albert Camus y se ríe de su absurda existencia. Pontani, el rebelde, no puede reír: el manual del militante dice que debe tomarse todo –incluso a sí mismo– demasiado en serio.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Prometeo. Hasta el cuello en este link a Alternativa Teatral.
0 comentarios:
Publicar un comentario
*** Para publicar un comentario, NO USES ESTE FORMULARIO, pues no aparecerá. Seguí las instrucciones que se encuentran arriba, a la derecha, bajo el título "LINKEATE y/o COMENTÁ", y así será publicado.
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.