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martes, septiembre 23, 2008

teatro // body art, de Sol Rodríguez Seoane, según Miguel Israilevich

Dos artistas plásticas, Elène y Aimée, tras años de trabajar juntas se despiden públicamente exhibiendo su historia. La invitación no es “Pasen y vean”, sino “Pasen y mírennos”: cómo se conocieron, cómo se engañaron, cómo accedieron al reconocimiento, algunos objetos relacionados con distintos momentos de sus vidas, fotos. Todo es mostrado con frivolidad; incluso René –ese muchachito que entra en sus vidas y repercute de tan distinto modos en una y en otra– parece asumir naturalmente su condición de “souvenir” o, a lo sumo, de mascota que opina.
Pero Elène y Aimée ni siquiera pueden ver su historia, sino una sucesión de acciones que no siempre las trascienden porque, insertas en un mercado estúpido que pide cotización pero no talento ni trabajo, ellas mismas son sus principales y propias obras; que ya ni siquiera algo provocado en sus cuerpos, sino sus vidas, como si fueran una casi permanente performance. Tenemos, entonces, una exposición amontonada de momentos. Nada más. Que quizás eso sean sus vidas: acumulación pero no desarrollo.

Lo terrible que subyace a esta inteligente propuesta es que ofrece una muy profunda observación de los tics del mundillo del arte: la lene anécdota que aquí es representada como teatro, es entendida por algunas personas como arte. Y aun más: es comprado. Lo que nos recuerda que los extremos, antes de resultar peligrosos, siempre se muestran ridículos.

El texto de Sol Rodríguez Seoane (en su debut como autora) describe con incansable minuciosidad este excéntrico trío o dúo extendido sin contraponer nada a la mirada superficial de los personajes: son ellas y él, y eso es suficiente para ver cómo se han construido y cómo se han derrumbado.

Hay, sin dudas, un responsable proceso de creación detrás de esta puesta. La misma autora interpreta a la aparentemente recatada Aimée, María Colloca es la potente Elène, en tanto que Ramiro Giménez asume el rol de René, y los tres dan lucimiento al relato por encima de los particulares brillos de sus personajes. El original diseño de la escenografía (obra de Cecilia Zuvialde, al igual que el vestuario) crea un espacio tan funcional como acorde al evento representado. Con una cuidada dirección, Miguel Israilevich (debutante en ese rol) ha logrado generar un espectáculo sin estridencias, donde todo aporta armoniosamente al conjunto.

Una pieza inevitable para quienes conocen ese ambiente y sepan darle una mirada incluso a sus limitaciones, y también para quienes deseen asomarse a esa hoguera de vanidades en la que hay poco de real por fuera del dinero que genera.


Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Body art en este link a Alternativa Teatral.

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