Stefano, tantas veces representada, se renueva aquí en la fidelidad al universo de Armando Discépolo gracias al profundo abordaje del director Guillermo Cacace y su equipo. Y en esa fidelidad encuentra su máxima fuerza, porque Stefano sigue sucediendo hoy, y aunque ya no viene de Italia sino de Latinoamérica o del interior del país, de la misma manera que entonces, hoy se desmoronan sus utopías y no podemos sino imaginarlo arrastrado por la lenta pero incesante corriente de la exclusión.
Un trabajo de arrolladora intensidad pone en escena, sin necesidad de adaptaciones, la vigencia de esta pieza estrenada hace ocho décadas. Tanto las actuaciones –con sólidos trabajos en cada uno de los roles– como los aportes técnicos denotan una profunda investigación que redunda en un espectáculo imprescindible. Y vale nombrarlos: actúan Andrés Molina, Antonio Bax, Carmen Luciarte, Jorge Nicolini, Miguel Sorrentino, Raúl Ramos, Silvia Dietrich y Sol Cintas; el diseño de luces lo creó David Seldes, y la escenografía y el vestuario son de Lala Celeznoff y del mismo Cacace.
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