Gracias a algunas lectoras y/o algunos lectores de este blog, quien esto escribe puede hoy también decir que ofrece su trabajo “a pedido del público”. Rara sensación, pero es así: en los comentarios a la entrada anterior, Hernán Espinosa me animó a decir algo acerca de la nota que el ya inefable Rafael Spregelburd publicó el pasado sábado 9 en Perfil, tribuna de sus berrinches (¡y le pagarán por escribir!), en la que reprobaba los dichos vertidos por Carlos Rivas en una nota aparecida en el mismo diario el sábado 26 de enero, a la que citó “l o” en un claro intento de echar nafta al fuego, más dos aportes de Armando Corazzoni.
Pero al terminar este texto, dejaré de hablar de este personaje por un tiempo. Desde mañana, comentarios de obras, que hay mucho en cartel; y de eso mucho, bastante hay bueno. Y de vez en cuando mecharé una nota sobre algún tema relativo a la vida teatral.
Vayamos a los textos en cuestión.
La nota de Carlos Rivas, ¿Sirve el teatro?, cuenta una experiencia linda pero que no da como para escribir una nota y subirse a un pedestal: tiempo atrás, una señora mayor le pidió una entrada porque le gustaba mucho el teatro pero no podía pagarla; días después, volvió a agradecerle y le retribuyó con un frasco de dulce casero; años más tarde, se le apareció nuevamente, pero ya con el frasco de dulce, descontando la generosidad de Rivas. El caso es que Rivas toma la anécdota de la tierna señora de los dulces para develarnos el sentido del teatro, y sin la menor justificación ni necesidad pasa a hablar de otros directores de teatro. Y aunque no los nombra, sabemos a quiénes se refiere al decir lo siguiente: “En los 90 (¡) apareció cierto tipo de Directores que parecen formar parte de un club privado. Se divierten a sí mismos, como cuando cantamos en un asado. Y se comen toda la molleja. La gente no está invitada. Se desvelan por un público que los aplauda en alemán (‘Berlín era una fiesta’). Mientras afuera unos chicos aspiran Poxi-ran (¡Oh, el Sentido!) y abren, por monedas, puertas de taxis a sofisticados espectadores. Que no se atreven a confesarse que, una vez en sus camas, solos, previendo el terror de la Pesadilla, claman por un trago de Sentido. Crearon un público vampirizado, pálido. Como gallinas que corren sin cabeza”.
Este fragmento, al que podríamos titular “Cómo irse al carajo mitad montado en algo real y mitad montado en la ignorancia”, comienza muy mal: ese signo de admiración que aparece entre paréntesis, “(¡)’, debería ser el de cierre, “(!)”, pero parece que ni Rivas ni el corrector de Perfil lo saben. Pero más allá del desconocimiento de ciertas normas ortográficas que ostenta Rivas, dice algo que suena verosímil: hay un grupo de directores que parecen formar parte de un club privado. Y como en un country inmaterial, todos los que viven en él hablan bien de sus vecinos, porque son “gente como uno”, y quien quiera formar parte de ese selecto grupo debe ser admitido por los que ya estaban. Luego, Rivas se va, y se va tan lejos que ni siquiera vale la pena intentar descifrar qué quiso decir ni qué fantasea.
(Si querés saber quién es Carlos Rivas, visitá la página de su estudio de teatro y, por presencia o por ausencia de datos, sacá tus conclusiones. Sus últimos trabajos fueron La prueba y La duda.)
Si hasta le salió al cruce a Griselda Gambaro (cruce en el que fue apoyado por otro vecino del country, Jorge Dubatti), era fácil imaginar que Spregelburd iba a aprovechar su columna en Perfil para responderle a Rivas. Lo hizo bajo el título Los filos de la Máquina Hamlet, título que hasta al más incauto le suena a búsqueda de aliados: Rivas pudo haber insinuado su nombre pero no lo nombró; aun así, Spregelburd se da por aludido y, de paso, alude a otros (Ana Alvarado, Daniel Veronese, Emilio García Wehbi y Alejandro Tantanian, equipo que llevó a escena Máquina Hamlet en 1995), quizás para sumarlos a su bando.
A poco de comenzar, dice: “A mí, como a otros que –por un sencillo cálculo de edades– aparecimos en los 90, y siempre enfrentados a ese sistema tan desgraciado que llamamos menemismo, su generalización me resulta ofensiva, inexacta y falaz”. Espero que algún amigo se atreva a decirle que no se nota mucho su enfrentamiento al menemismo; que es profundamente menemista cuando cita con fruición a Luis Miguel González Cruz diciendo que “No se debe ser escritor social. Es ridículo escribir sobre problemas de actualidad para proponer soluciones ni para denunciar hechos atroces. Para eso están los periódicos, el congreso de los diputados o las comisarías”; que es muy menemista –o, si se lo quiere menos vernáculo, muy posmoderno– pensar que las acciones no tienen correlato alguno y así afirmar en un reportaje que “no vas a aprender nada sobre el mundo real mirando una obra de teatro”.
Spregelburd se enoja tanto que se confunde horriblemente: dice que la obra a la que se refiere Rivas, la primera que fue a ver la señora de los dulces caseros, “es un texto de Mamet, con Facundo Arana entre otros actores muy conocidos y tal vez muy buenos”. Y así confunde a Carlos Rivas con Marcelo Cosentino, quien dirige Codicia, que es la obra de Mamet en la que trabaja Facundo Arana y está ahora –y no hace años– en cartel.
Para defenderse de Rivas, Spregelburd se refiere al teatro que nació en los ’90 como “un teatro preocupado por el orden imperante y las grietas por donde mostrar su tramposo estatuto”. Sí: el mismo señor que se identifica al transcribir eso de que es ridículo escribir sobre problemas de actualidad, ahora imposta una voz militante para decir que el teatro de los ’90 estaba “preocupado por el orden imperante y las grietas por donde mostrar su tramposo estatuto” (reitero la cita porque es increíble).
Aunque no puedo llegar a una conclusión, sí tengo la certeza de que me quedan dos opciones para explicarme todo esto: o yo no entendí nada de lo que escribió Spregelburd, o está intentando tomarnos por pelotudos modificando su postura, sus ideas y hasta su pasado para aparecer comprometido, frívolo, despreocupado o activista, según sea su antojo o conveniencia.
Quizás, tanta vida germana le está haciendo olvidar el buen uso del español y utiliza las palabras erróneamente. En ese caso, por favor, que alguien me lo traduzca.
lunes, febrero 11, 2008
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Cuando alguien critica a quienes manejan las políticas culturales o opinión pública
ResponderEliminar¿Habla de teatro? o ¿De que carajo habla?
Un abrazo.
whatttt? se solicita una traduccion de Spregelburd...
ResponderEliminarA Rafa(el) se lo puede entender. Es humano. Es de acá. Y si pensamos en su capacidad de que otros los entiendan (particularmente Europa, principalmente Alemania -Congratulations, RAfa!-) es parte del juego.
ResponderEliminarHe sido seguidor de su dramaturgia.
Y tenés razón, Lucho, el hecho de que el forma parte de una cofradía, porque no corporación, de coto privado en la cual la inteligentzia porteña disfruta de que si un actor se la pasa eruptando -sin justificación alguna- durante buena parte de la obra, es simplemente... arte, transgresión, o dramaturgia de avanzada, o simplemente... snobismo.
Se aplaude a rabiar, los críticos lo idolatran, los periodistas le hacen el juego, algunos se exacerban, otros se infartan.
Hablé de los críticos: y concluyo que también son parte de una Academia cerrada. Me hacen muchísima gracia las entregas anuales de premios, particularmente en teatro. En algunos casos se nominan a diestra y siniestra, a algún amigo que está de última, otros que no conocen más que el ripio permanente.
Insisto que es demasiado poder que se le da a los críticos. Un punto de vista de un solo crítico puede torcer a muchísimas personas de no fácil.
Por favor, ejerzamos nuestro derecho de elegir, de equivocarnos, de pensar lateralmente... y de no entenderlo a Rafa(el).
Saludos
Dario
(fan de la escena off-Corrientes)
(now, from the southermost city in the world)