La vida de una persona, de cualquier persona, puede ser abordada desde muy diversos ángulos. Uno de tantos es el de la urbanidad, ese manojo de costumbres que tiene dos versiones: una básica, que tiende a posibilitarnos una feliz convivencia en la vida de la ciudad, y otra sofisticada, que pretende marcar diferencias porque, a la hora de convivir, tampoco todos somos iguales. Esta larga lista de obligaciones aleja, sin dudas, muchos miedos: la falta de espontaneidad asegura corrección, lo que es bien visto por los pares.
Así, lo que se debe hacer, lo que se acostumbra y se espera que hagan quienes son más iguales entre sí que el resto, todo el ritual manierista de la aristocracia y de quienes pretender ser parte de ella, se concentra en Las reglas de la urbanidad en la sociedad moderna, un texto muy típico de Jean-Luc Lagarce donde la reiteración y el titubeo se convierten en una afectación tan deseada como ya natural que demuestra la capacidad de hallar el término más elegante para darse a entender.
Esa señora refinada que nos cuenta paso a paso cómo reaccionar sin imprevistos ante nacimientos, bautismos, casamientos y muertes es interpretada con justeza y soltura por una impecable Graciela Araujo que luce su oficio en cada palabra, en cada gesto, a cada paso. Y aunque sepamos que no fue así, fantaseamos un poquito con que Lagarce creó este personaje para ella.
Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de Las reglas de la urbanidad en la sociedad moderna en este link a Alternativa Teatral.
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